Vivimos en una sociedad en donde ser una payasa es ser una ninja de la risa, maestra de las narices rojas o bi-campeona nacional de hacer reír, siempre llevas un traje tan colorido que hasta los arcoíris se sienten celosos y eres la única ser humana capaz de hacer malabares con globos y quedar de manera tan espléndida que la gente ya ni lástima siente por ti.
Pero a pesar de ser la superheroína del buen humor, la reina de las narices coloradas y la embajadora oficial de la diversión, las payasas también se sienten cansadas de, entre muchas cosas, ser el hazme reír en todos los círculos que conviven, cargar con la felicidad de toda la gente troste o que nunca te tomen en serio.
Tú eres una payasita más en este circo llamado vida. Un día, quedando como por 8398479237 vez en el día (así como la Tlalis), mientras pasas por un Bodega Aurrera, la mamá luchona te presenta una oferta irresistible de tiempo limitado por el Buen Fin: un desmaquillante permanente para maquillaje de payasa y con él, la oportunidad de retirarte de este estilo de vida para siempre.